jueves, 16 de octubre de 2008

Diatribas sobre el cine español

(Presidenta de la Academia de Cine versus director de TVE)

A propósito de unas declaraciones de la presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, Ángeles González Sinde, sobre la debilidad del cine hecho en español frente al anglosajón y el relativo abandono del primero por parte de la televisión en general y de TVE en particular, a las que ha contestado con inusitada vehemencia el director de TVE, Javier Pons, no me resisto a dejar una somera opinión al respecto.

Creo que la presidenta tiene razón en lo del abandono de la cultura propia, entiéndase española y por afinidad iberoamericana, en aras de la anglosajona por un cine en el que EEUU tiene la sartén de la distribución por el mango. Sólo hay que echar una mirada a las carteleras y a las cifras de taquilla en entradas y dinero para saber que las películas de cultura propia no interesan a las audiencias.

Para eso se hizo la Directiva Europea sobre Televisión sin Fronteras y la consiguiente Ley del Cine, para que las televisiones dedicasen el 5% de su facturación a la producción cinematográfica europea, entre otras cosas, y se viera más cine europeo. Lo que pasa es que el cine iberoamericano se ha diluido en la nueva legislación en recomendaciones de coproducción y cosas de poca entidad, y muchas producciones televisas se hacen con criterios de mercado, no culturales, con lo que, comos se suele decir vulgarmente, estamos haciendo un pan con unas hostias.

La respuesta de Pons, no por intempestiva deja de ser pertinente, sobre todo porque nos sirve para conocer varios programas de cine que estaban escondidos en la parrillada de bazofia a la que nos tiene acostumbrados la televisión pública: “En lo que va de año, hemos programado 69 películas españolas en prime time, sobre un total de 255 películas españolas ofrecidas. Además, entre Versión Española, Es Tu Cine y El Cine de la 2, llevamos emitidas 56 películas españolas en prime time de La 2.

Y parece que tiene razón en sus cifras este directivo, ahora se proyecta más cine español, iberoamericano y europeo que nunca, aunque sea en la 2; y añade que “TVE emite el 98% de las películas en español que se programan en horario de máxima audiencia en todas las cadenas de España, lo que supone emitir en ese horario las mismas películas que todas las televisiones autonómicas juntas”.

En cuanto a la producción explica que “de los 40 largometrajes de ficción en los que TVE participará en 2008, el 25% son coproducciones con Latinoamérica”.

Sólo dos peros al señor Pons, lástima que a pesar de este talante respecto al cine patrio, “Días de Cine”, del añorado Gasset, siga dando vueltas en esa misma parrilla de un lado al otro del huso horario, y que Carmen Sevilla nos siga aburriéndo los sábados por la tarde en un programa que se inventó Parada, quien por lo menos sabía algo de cine.

Ahí van los enlaces a sendos comentarios y que cada cual los interprete a su gusto.

Carta en Tribuna Abierta de El País de Ángeles González Sinde

Carta de respuesta en la web de TVE de Javier Pons

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Los girasoles ciegos

Almas en ratonera

Si adaptar con brillantez un texto literario al cine es una tarea difícil, hacerlo con uno bueno es casi imposible. Sólo unos pocos lo consiguen, y ni siquiera Rafael Azcona en su guión último ha sido capaz de ello con Los girasoles ciegos, el excelso libro de Alberto Méndez premiado de manera póstuma en 2005 con el Nacional de Narrativa y el de la Crítica.

Quizá haya sido mejor así, pues parece que los cuatro relatos que lo conforman hubiesen sido arrancados a pedazos de lo hondo del alma de su autor, no creados por su imaginación; que los desolados personajes y las funestas circunstancias que los acosan no hubiesen surgido de la mente sino de las tripas del escritor, y sólo a él y a nadie más pertenecen; que su concepción hubiese sido más que un ejercicio intelectual un trabajo de carnicero.

En esta condición de pertenencia profunda radican al mismo tiempo su grandeza narrativa y la dificultad de adaptación a un formato distinto por otras personas. Azcona y Cuerda, los guionistas, no han podido apropiarse de los personajes y sólo han desvelado una pequeña parte de la intensidad dramática que se intuye detrás de la desdicha de estos seres inmovilizados en trampas propias y ajenas. El riojano y el albaceteño, que ya colaboraron con mejores resultados en otras adaptaciones como El bosque animado (Wenceslao Fernández Flórez) y La lengua de las mariposas (Manuel Rivas) se han quedado en un “coitus interruptus”, en un placer progresivo que no llega a alcanzar el clímax.

La película cuenta la historia de una familia de republicanos en el Orense de los cuarenta. Periódicamente son visitados por la policía y los falangistas buscando señales del marido, escritor y poeta al que se da por desparecido pero que vive escondido en un hueco de la casa. La hija adolescente huye embarazada de ocho meses con su novio comunista a Portugal. El hijo menor ha de disimular en la escuela el mundo fantástico en el que viven. Y la mujer, pilar de esta frágil estructura, mantiene a la familia y da la cara ante la sociedad. Las cosas se complican cuando un seminarista, que durante la guerra fue ferviente alférez sublevado y que ha pospuesto la ordenación sacerdotal tras el consejo del rector, comienza a dar clases en el colegio del niño.

La iluminación de Burmann ha facilitado el rodaje realista y ha contribuido de manera determinante a la recreación con verosimilitud de la España de la época que ha realizado magistralmente Gallart. La mano de Cuerda en la dirección se nota en el excesivo academicismo de sus movimientos de cámara y en el recurso a músicas de apoyo para las secuencias emocionantes, entre las que destaca la interpretación final por una soprano de Pie Iesu sobre el retablo barroco que abre y cierra la película.

Uno de los basamentos del filme, además del relato original, son los actores, entre los que sobresale Maribel Verdú, cuya interpretación de mujer fuerte que ha de soportar el peso de la farsa y las indignas condiciones de su familia está a la altura de las de La buena estrella, El laberinto del fauno o Siete mesas de billar francés. Javier Cámara como el marido de ésta desarrolla otra de sus actuaciones contenidas y correctas, como en Hable con ella o en La vida secreta de las palabras, y José Ángel Egido (Los lunes al sol) otorga al rector matices enriquecedores. Quizá en algunos momentos haya estado por debajo de su personaje, muy complicado realmente, Raúl Arévalo (Azul oscuro casi negro y El camino de los ingleses), pues no logra transmitir todo el sufrimiento y las dudas de ese seminarista que se debate entre la vida y la fe.

Estos girasoles ciegos -metáfora de la oscuridad en la que viven estos seres atrapados: de espaldas al sol, a la luz, a la vida- han de asumir vidas impuestas y reinventarse sueños para superar proyectos truncados, viajes sin retorno y pérdidas definitivas. Sobre todo los vencidos, pero también bastantes vencedores, pues pocos estaban preparados para esta nueva realidad lúgubre y sombría de una España de sangre, cercado e incienso en la que la luz iba a tardar más de cuatro décadas en volver a alumbrar.

Los girasoles ciegos es una historia de búsqueda desesperada; de búsqueda de amor, de luz, de un resorte moral que abra la celda existencial que habitan los personajes para poder emprender el camino hacia algún lugar, hacia ningún lugar. Es la historia triste de la desesperanza. Un relato oscuro, denso y sucio como la niebla de la ciudad, como la España de los cuarenta, que quizá haya de ser leído para comprenderlo en toda su dimensión.

Ficha Técnica
Director: José Luis Cuerda
Guión: Rafael Azcona y José Luis Cuerda, basado en el relato homónimo de Alberto Méndez
Producción: Fernando Bovaira, José Luis Cuerda y Emiliano Otegui
Fotografía: Hans Burmann
Montaje: Nacho Ruiz Capillas
Dirección artística: Balter Gallart
Vestuario: Sonia Grande
Ficha artística: Maribel Verdú (Elena), Javier Cámara (Ricardo), Raúl Arévalo (Salvador), Roger Príncep (Lorenzo), Irene Escolar (Elenita), Martín Rivas (Lalo), José Ángel Egido (Rector).


martes, 17 de junio de 2008

Sydney Pollack, el tipo que siempre salía en las películas buenas

Se nos ha ido Sydney Pollack, un buen director en el primer tercio de su carrera, magnífico actor en el último e inteligente productor durante toda ella, cuya aparición en la pantalla de cine o en los créditos de un largometraje era garantía de calidad y de éxito. Desde este blog queremos sumarnos al recuerdo de la figura cinematográfica de ese tipo discreto que siempre salía en las películas buenas.

Pollack fue por vocación, ante todo, un actor solvente, un actor que lograba engrandecer a los personajes secundarios que encarnaba, especialmente a partir de los años noventa en películas dirigidas por otros. Son memorables sus interpretaciones en Maridos y Mujeres, bajo las órdenes del atribulado y cínico Woody Allen; en Eyes Wide Shut, el enigmático estertor de Kubrick del que se apropió Cruise; o en Michael Clayton, la brillante intriga del guionista de la saga Bourne y debutante en la dirección Tony Gilroy.

Como realizador una de sus virtudes principales era la facilidad para dirigir bien a los actores, característica compartida con muchos directores que provienen del mundo de la interpretación pero que en él se completaba con una especialización que le hacía sobresaliente entre sus colegas: la capacidad de extraer lo mejor de las actrices para trazar hondos perfiles femeninos.

Natalie Wood en Propiedad condenada, Barbara Streisand en Tal cómo éramos, Jane Fonda en Danzad, danzad malditos, o Meryl Streep en Memorias de África, o Nicole Kidman en La intérprete no habrían construido tan grandes personajes sin el talento de Pollack. Incluso la entrañable Tootsi no habría brillado tanto como lo hizo gracias a la genialidad de Dustin Hoffman si no hubiese estado él tras la cámara.

Desde los años setenta hasta el final trabajó con grandes estrellas del momento en películas de éxito desigual, como Paul Newman en Ausencia de Malicia, Robert Mitchum en Yakuza, Burt Lancaster en Camino de la venganza, La fortaleza y El nadador, Tom Cruise en La tapadera, Harrison Ford en Sabrina y Caprichos del destino, Sean Penn en La intérprete o con Al Pacino en Un instante, una vida.

Pero sobre todo lo hizo con su amigo Robert Redford, quien protagonizó durante la carrera coincidente de ambos muchas de sus mejores películas. Aparte de todas las citadas en la referencia a las actrices fue también el actor principal de Las aventuras de Jeremías Jonhson y de Los tres días del Condor, entre otras cintas inolvidables.

Pollack cultivó todos los géneros: drama, comedia, melodrama, western, intriga, hasta el cine documental en Apuntes de Frank Gehry, que produjo con Minghella –a quien también financió Cold Mountain y El paciente inglés-, pero nunca hizo una película de terror. Quizá porque era un hombre que amaba a la vida y no le tenía miedo a la muerte.

Su despedida de las pantallas ha sido con La boda de mi novia, que se acaba de estrenar en España. Seguro que su actuación estará a la altura de las anteriores.

Cada cierto tiempo se van para siempre las gentes del cine, a veces, sin darnos cuenta. Ahora ha sido Sydney Pollack, ese tipo de pelo rizado, mirada inquieta y gafas metálicas que siempre salía, que siempre sale, en buenas películas. Hasta siempre.